Chicos, tras leer el testimonio de Ana, he abierto una página en blanco y he dejado al corazón hablar. Creo que debo compartirlo con vosotros.
Hace 5 años, 5 preciosos años en los que, aún con nimias oscuridades, Dios me regala una única certeza, una única evidencia: Que todo es posible desde el amor y el servicio.
Gracias a esta experiencia (Musical, teatro, oración, llámalo como quieras) intento devolver aquella sonrisa que algún día pasado Él me regaló. Sé que no basta, que eso no es suficiente y que debería consagrar mi vida entera a su servicio, y quizás ese sea el origen, el Alfa y la Omega, de todo lo oscuro que a veces me rodea. O quizás sea el egoísmo propio de la carne, intrínseco al ser, que irremediablemente encauza mi esencia hacia ese lugar carente de luz en la que, incluso cómodo, paso las horas.
Sin embargo, todo deja de tener sentido cuando Jesús, mi Jesús, yace muerto en el frio suelo, en brazos de la dulce madre del mundo; esa mujer que, aun muerta por dentro, canta y acuna en su pecho el cuerpo despojado de aquello que fue su vida. Es allí, en ese cruel instante, cuando mi oscuridad, esa que es tan capaz en mí, parece querer desvanecerse, y solo existe el cuerpo vacío y lleno, desnudo y muerto.
Entonces, de repente, ya no soy quien soy, ahora soy Juan, el hijo amado, el amigo fiel. Cargo en mis hombros el dolor que aflige cada uno de mis pasos, sostengo mis manos cerca de sus pies preciosos y lloro, derramo cada lágrima por ti, y por ti, y por todos y cada uno de aquellos que me regalan una común experiencia, que comparten conmigo su vida. Cargo mi pena, lastro el pavor en mi hombro, y abandono poco a poco la oscuridad; esa que siempre todos ven en mí, que forma una cohesión perfecta en mis entrañas, caminando paso a paso hacia la luz.
En ese momento, el ruido que me acecha, que emborracha mi cabeza cada día, fenece por un lapso, hace una pausa y todo es silencio, un silencio dulce, despojado allí de todo, soy absolutamente yo.
Gracias, solo puedo darte gracias. Gracias porque el dolor de la muerte crea en mí la alegría de estar vivo, porque ese instante íntimo en el que solo somos él y yo, recarga mi ser y lo eleva al cielo, hacia aquel lugar en el que, cargado con el único equipaje de mis manos y mi corazón, puedo reconocerme ante un espejo. Es allí, en ese dulce instante, en el que recuerdo fuertemente qué soy, que mi vida debe ser servicio y amor.
Ojalá cada día, cuando cristo se hace vida, repita fuertemente en mí: “Señor, dame fuerzas para seguir en tu camino y aceptar con un verdadero si tu voluntad, ayúdame a dar mis manos para servir y mi corazón para amar.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario